Espantapájaros

Como hace tanto tiempo que estamos presente-ausentes al tiempo, reclamamos nuestros derechos.
¿Qué podían significar aquellas dos estatuas mirando hacia arriba?.
Bueno, pues cuando parecía que el demonio se había encaprichado endiabladamente de la jovencita, su corazón no latía; era un órgano sin válvulas de condensación sin importancia, porque una simple mota de polvo tenía más sustancia que sus cuernos.
El resultado fue que ambas alucinaron y creyeron estar vivas, tan cerca del momento, tan cerca del monstruo.
Aquellos fueron los espantapájaros, dulces hasta el punto de relamerse los labios de sus propios labios y beber una gota; lucían poderosos en la noche tranquila, constantes y pinos de fragante olor.
Luego un hombre hizo sonar en la trompeta la canción que tan bien conocían: ¿oyes?.

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Preguntando la hora

-Sabes que hora es?
-No, no, y tú sabes que hora es?
-No, no sé, qué hora podría ser?
-Qué hora dirías?
-Las 12 del mediodía?
-No, no creo que sea esa hora, es de noche.
-Y si vas atrasado?
-El día iría adelantado.
-El día o la noche irían atrasados.
-No sabemos que hora es y eso es peligroso.
-El peligro pasará y las horas pasarán y nosotros seguiremos sin saber que hora es.
-Y si le pregunto a alguien, serviría de algo?
-De algo serviría. En caso de que llevara la hora correcta, sabríamos la hora que es.
-Diablos, nos maldicen desde aquella esquina, qué pasa, cabrones?
-Creo que estamos perdiendo el tiempo, no pueden oírnos.
-Y crees que deberíamos irnos, en este caso?
-Evidentemente no hacemos nada aquí.
-Estoy preocupado, se me cansan los brazos y las piernas en cualquier postura.
-Eso te impedirá llevar reloj.
-Es muy molesto. El último reloj me lo regaló mi mujer y era de plástico. Las excusas que puedo darle son increíbles. No sé cuanto durará ésta farsa, me tiene los nervios destrozados.
-Yo nunca he tenido reloj. Desde siempre he calculado la hora a ojo. Miro hacia el sol, si hay sol, y adivino la hora inmediatamente.
-Lástima que sea de noche. Eres problemático, necesitas un reloj.
-Con urgencia, he decidido acabar de una vez por todas con la ignorancia.
-La ignorancia, tiene que ver con la ceguera?
-Esa pregunta es ambigua. Me preguntas algo que no tiene sentido. Mi paciencia tiene un límite, querido amigo, el límite de la impaciencia.
-Consigues que me sienta afortunado. Eres abrumador.
-Está bien, vamos al cine. No creo que lleguemos tarde.
-Ah! He olvidado la cartera, o me la han robado.
-Te habrás equivocado de chaqueta, también pudiera ser.
-No importa, me invitas y todo solucionado.
-No creas que es tan fácil, no suelo invitar a nadie al cine.
-Podrías hacer una excepción.
-Podría, pero no me interesan las excepciones de este tipo.
-De quién, de mí?
-No, no, de aquel amigo tuyo que nos llevaba a dar vueltas por los campings.
-Los campings, ja ja ja

7. La edad el tiempo

La edad, el tiempo en el espejo,
sin sol, sin luna, nuestra tierra,
nosotros y las nubes.

Pasará algún día
que un deseo se cumpla,
habremos olvidado
cuando y por cuánto tiempo
estuvo presente en nuestro ánimo,
incluso lo confundiremos
con la suerte o la casualidad;
pero ahora hemos merecido
navegar en aguas profundas
y sólo nosotros sabremos
que desconocido resulta
despertar en el lugar deseado.

De la edad, es impropio
que no pasen los años,
lo que ayer era un sueño
hoy son unas arrugas más,
jugando todas un juego
donde a veces se gana
y otras tantas se pierde.

6. Alma nuestra

Alma nuestra, dependes del silencio,
acaricias entonces
una sonrisa embriagadora,
abandonas tu encierro desbordado
y tal como liberas lágrimas
te desentiendes del paso del tiempo,
quieta, sumisa, anunciadora,
conoces tanto de la oscuridad
que sin querer la alumbras.
Toda esta lucha abre la puerta
y corre el aire fresco de la noche
y nos susurras cadenciosamente,
ni desesperando estamos solos.

La barriga y el cordón

Erase una vez un hombre barrigudo que tenía un hilo colgando del ombligo. La gente que le salía al paso le preguntaba si era el cordón umbilical.
No todos los días era del mismo color, cambiaba según su estado de ánimo y sus amigos aprendieron a conocerle gracias al color del cordón.
En realidad era un pelo muy grueso que le crecía, sobretodo en primavera, en el centro de gravedad y que él recortaba cuidadosamente para mantenerlo largo hasta las rodillas.
El hombre se fue haciendo famoso con el paso del tiempo por su cordón de color y sintió la necesidad de aparecer más atlético delante de sus admiradores, así que, empezó a hacer gimnasia metódicamente hasta que sus músculos se desprendieron de toda la grasa acumulada y su barriga desapareció.
La grasa que se iba disipando de su cuerpo se fue acumulando en forma de gotitas amarillas en los sitios más insospechados, por ejemplo, en la silla de un restaurante, en el césped de un parque, en las paredes de las casas; y el olor que desprendían sobresalía en los lugares por donde pasaba con un rastro de rancias connotaciones, que a medida que pasaban los días, permitía a la gente saber de sus movimientos como si de un radar se tratara.
Sus amigos, sin rehuirle, le evitaban, pero él era todavía inconsciente del hecho de que estaba pagando un precio por su fama.
Hasta que un día, el cordón desapareció. No supo cuando ni donde ni como ni porque, solo que dejó de ser un ser destacado en la sociedad y que empezó a perder ilusión por el adelgazamiento.
Se encerró en casa durante dos meses, tiempo suficiente para recobrar su barriga de antaño y observar perezosamente como el maldito pelo comenzaba a crecer de nuevo.
Pero claro, esta vez lo ocultó de las miradas ajenas, solo su propia mirada lo acariciaba cada mañana y por el color que tenía aprendió a conocerse a sí mismo.

5. La tristeza es

La tristeza es un campo
de girasoles secos

la vida se perfila a cada paso

a cada paso cada sombra

un todo unido por una misma hebra

cada mediodía en el cenit

desde el principio y hasta el fin

la misma persona de siempre

un todo compactado
con identidad propia

los cien errores y los cien perdones

y esa es en definitiva la gloria

quizás ya no son enemigos

una mujer, unos niños, un hombre

o es en la esquina de la calle aquella
donde perdí el miedo
o donde hallé el miedo

y camina y descansa
el camino sea cual sea

entre los muchos acontecimientos
se multiplican las preguntas

como la hora de las caricias toscas
continúa el destino
de las caricias toscas

hasta que entra el murciélago
y se deshace la ventana.

A vida o muerte

Eran las doce y media de la noche y la calle estaba vacía.
Los ansiosos deportistas del terremoto iban llegando para participar con su acostumbrada no-deportividad.
Los demás probablemente dormían entre cálidas sábanas y acolchados horizontes. Pero no contaban en una carrera cuya meta era la vida o la muerte.
El acomodador se deshacía sonriente contra los árboles, contra los cartones y contra él mismo para no resucitar el tiempo. Al paso de los segundos y los nervios, el espacio se acortaba: así se enfrentaban la lentitud y la velocidad.
El hombre escuchó los gritos y lo vio ensangrentado y lo sintió tormentoso y descubrió con obscenidad el significado de la salida y el resultado de la llegada; pero no pudo comprender cómo se las habían arreglado para declararse unos culpables, otros inocentes, y acabar el mismo fin desconocido.
Se destrozaron, él estaba ahí y no hizo nada porque, los demás dormían y ninguno sospecharía que había habido un árbitro.