5. Un cuerpo la piel

Un cuerpo la piel blanca protege de la muerte,
ten fina, que se rompe
en trazo perlados de frío,
tan real, que no invade ni escapa el agua líquida.

Siente, ahora tú duermes,
reaccionas con una luna
derretida en los brazos,
inconscientemente dormida
al calor del deseo puro.

Una manta deshilachada
calienta tus latidos
sin pedir nada a cambio,
sin rogar de rodillas, sin palabras.

Sueña, descansa tu gran cuerpo de oso
en el vientre del sueño.

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Otro viaje en coche

Estamos en la carretera conduciendo a 120 km/h.
El sol nos pega en el estómago y los muslos sudan pegados a la tapicería de skay negro.
Bajo los asientos suenan las ruedas en el asfalto.
De vez en cuando hablamos.
La mayor parte del tiempo miramos la carretera fijamente y nos dejamos llevar.
Según le miro queremos besarnos.
Anoche dormimos mal, nos despertamos para beber agua y no teníamos sed.
El coche quemando llantas en el paisaje se derrite…incoloro humo espeso hacia el cielo azul celeste.
Cuando no hay problemas por los que preocuparnos nos gusta hacer el amor.
Su madre tuvo mucho que ver en nuestra relación: nos crió unidos y desacomplejados inculcándonos la teoría del óvulo bifeto.
Antes eramos unos niños tratando de desconectarnos, fuimos infelices.
Después la felicidad nos emborrachó, pero él continuó durmiendo boca abajo.

Otro viaje en coche
Autor Pepe Cárdenas

Dos hermanas

Dos hermanas
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Delicatessen en New York)

Dos hermanas se conocieron a los 80 años de edad y no se alegraron en absoluto al verse por primera vez.
Tiempo atrás ambas se ruborizaron cuando un novio que tenían les confesó que las amaba a las dos por igual.
Por aquel entonces ellas desconocían su parentesco y se odiaron como se odia con el virus de la envidia y vieron morir de pena al joven que no tuvo otra opción, pues no podía casarse con las dos a la vez y ninguna quiso ceder.
Así pues, el único varón hijo de una familia de comerciantes, ajeno a la realidad que le circundaba, murió a la edad de 27 años presa de una indecisión irrevocable.
Por otra parte, los padres de las chicas habían muerto anteriormente, la madre al nacer su segunda hija, 10 meses menor que su hermana, el padre, cuando las niñas tenían 2 y 3 años, víctima de un error del servicio de seguridad para el que trabajaba.
Quizás pueda parecer una historia triste, pero mirándola desde el punto de vista del encuentro es sinceramente alegre.
A la edad de 82 años las dos hermanas se reconciliaron después de comprender la inutilidad del rencor.
Se dieron a la buena vida y, actualmente, se las puede ver a las dos, más jóvenes y radiantes que nunca, en el Museo de Cera de la ciudad.

En el sanatorio

Me llamo como mi padre. Me conocí en la calle, donde es fácil esconderse detrás de las esquinas, pero no quiero extenderme en el tema de mi conocimiento.
Ahora estoy en la cama de un hospital donde no hablo con nadie y donde, por decirlo de otra manera, he perdido el interés hacia los pocos que veo y escucho. La voz de mi pensamiento eleva su tono por encima de las demás voces pero la comida es muy buena y la cocinera se merece un aplauso.
Ya hace seis meses que estoy aquí, ésto es un sanatorio para enfermos especiales. Nuestra especialidad consiste en que no hablamos nunca, o casi nunca. El lugar se llama “Halma del silencio”. Puede parecer fúnebre, solo los muertos no hablan, pero hacemos nuevos descubrimientos diariamente: durante la hora en que nos juntamos en el salón para el ejercicio estable, nos miramos sin hacer muecas, sin reír ni llorar y nos afirmamos.
Hay un olor en el ambiente que recuerda el aluminio pero nuestra enfermedad consiste verdaderamente en que no podemos oler, y nos divertimos y las diversiones son paranoias.
En el verano llegó uno nuevo al sanatorio. Le prepararon la habitación en la buhardilla para que no pudiéramos verlo, pero nosotros nos sonreímos.
Él, sin embargo, había perdido sus cinco sentidos.
La excursión a su cuarto la realizamos en el máximo secreto, bajo la unidad de una curiosidad inmensa. Resultó ser un chaval sin sensibilidad en la cabeza, ni en los pies, ni en las manos, que tenía un gran miembro viril con el que Elisa estuvo jugando hasta que se lo introdujo en la vagina.
El chico no estaba molesto con los juegos, ni sentía nada, pero un ser que no puede llorar porque no tiene lágrimas es un aliciente para nosotros que tenemos órganos pero carecemos de sociabilidad.
Y así iban pasando los monótonos días en los que esperábamos la visita al superviviente como un alivio.
En una de aquellas, solo fue una impresión la que nos hizo escuchar un sonido procedente de su garganta: “Ésta no es mi casa. Éstos no son mis amigos”.
Huimos.