Categoría: EL PULSO DE LA NOCHE

  • 5. Un cuerpo la piel

    Un cuerpo la piel blanca protege de la muerte,
    tan fina, que se rompe
    en trazo perlados de frío,
    tan real, que no invade ni escapa el agua líquida.

    Siente, ahora tú duermes,
    reaccionas con una luna
    derretida en los brazos,
    inconscientemente dormida
    al calor del deseo puro.

    Una manta deshilachada
    calienta tus latidos
    sin pedir nada a cambio,
    sin rogar de rodillas, sin palabras.

    Sueña, descansa tu gran cuerpo de oso
    en el vientre del sueño.

  • 4. El recuerdo son tus recuerdos

    4. El recuerdo son tus recuerdos

    El recuerdo son tus recuerdos
    cantando en una rama temblorosa,
    un mirlo negro acurrucado
    alrededor de la sombra invisible,
    amor si cabe lejano y distante.

    El recuerdo croa en el agua
    como si su existencia
    pudiera recostar relámpagos.
    Un poco de ternura es demasiado
    para los corazones
    que sufren invalidez permanente.

    Amable luna, candorosa nube,
    incipiente vergüenza que respira
    un aire sorprendentemente cargado de dureza.

  • 3. Canta el mirlo

    3. Canta el mirlo

    Canta el mirlo en la noche,
    las cigarras abrigan el silencio,
    las ranas exponen sus notas,
    el reloj acompasa el tiempo:
    instrumentos confiados en la noche.

    Y tu voz retumba lejana
    en el reflejo de los adoquines,
    y tu voz, materia dormida.

  • 2. Manos sin duda

    2. Manos sin duda

    Manos sin duda las del hombre sabio,
    suaves en el pelo enredadas

    pequeñas manos acariciadoras,
    alegres las sombras alumbran

    manos vivas dotadas de silencio,
    la paz descubren de luna manchadas.

    Constante sintonía muda,
    redondeces tibias transmiten,
    se mecen al calor las manos.

    Sueño, abandono, noche oscura,
    nunca ocupaste en tu seno negro
    tan dulcemente un cuerpo de hembra.

  • 1. Días grises

    1. Días grises

    Son demasiados días grises
    para las pasiones insomnes,
    aislamiento, agua sucia.
    Pletóricos de hierba verde
    desprenden el amarillo los campos,
    los troncos de los árboles dilatan de negrura,
    la lluvia, cómoda en la superficie
    se redondea como un vientre
    y nosotros lanzando espumarajos
    desde el centro del universo,
    poderosos de prepotencia,
    homínidos astutos más que humanos,
    personajes ambiguos de miseria
    ante la tierra abriéndose camino,
    pobres al desenterrar la sospecha
    de que después de todo, el suelo  no es de nadie.
    Y caminar despacio, despertar a los líquenes,
    desenraizar el musgo anidado en la sombra.