21. Mariposas

El principio no importa,
la hoja verde está viva,
mucha gente de ruido y de humo
engruesa el tronco imperceptiblemente,
las flores blancas amarillas
azules rojas y rosadas
para divertirse y gritar,
los bienes animales
huelen la primavera.
El hombre que se quiere
en mariposa se convierte,
las luces de la noche
adormecen nuestros sentidos.
La mujer que se quiere
en mariposa se convierte
sin saber la medida
de las intenciones ocultas.
Se van lejos los sueños
por más sueños que sean
y todos somos ascuas
que no nos consumimos.

Mariposas
Foto de Eli Santana (Mariposa)
Anuncios

Cuatro

Hombre pez

Te vas, te escurres, me lleno las manos de escamas, te brilla el pelo, el viento me deshace, te cuesta esconderte, me acerco al quicio de la puerta, te miras en el espejo, me saluda un desconocido, te quedas pero lejos, me lleno los pies de barro.

Hombre arena

Por fin llega el tiempo en que se presiente el final que inicia un nuevo rumbo en el corazón del hombre. El hombre es un conjunto formado por hombres y corazones de tal manera que, ambos comprenden que el amor ha de ser valiente hasta una llama ardiendo y valiente hasta una brasa extinguiéndose. No hay lugar a dudas en el esqueleto, los que murieron de amor, se convirtieron en el polvo que levanta el aire al pasar silbando sobre una colina, transportándolo hacia donde el ser humano tiene fe en sí mismo.

Círculo de amor

El estado de plenitud es aparente: las ruedas apuntan al cielo en su redondez itinerante. El círculo está impreso en el sueño del agua densa y fría del mar, donde pule la piel para ser devuelta a su suavidad original.

Tres

Carta de sal

Estoy esperando una carta llena de tristeza, seguro, porque en lugar de una carta será una lágrima y en el papel las lágrimas y las palabras se confunden.
De nuevo vamos a empezar, ¿hasta cuándo vamos a estar siempre empezando?.

En un rincón

Y emergía de raíz, huyendo a contracorriente. En un rincón esperaba el momento de saltar y darte un susto de muerte, pero eso, ya no se lleva.

El hombre espera 

Me faltas tú y me iré a dormir tranquila, reunificada. Con el tú que me falta voy a hacer un barquito de papel que llevaré al mar, para que navegue a sus anchas.

Dos

La ratita

Era la historia de una ratita que presumía de tener un lazo rosa en la cola y que buscaba el compañero que tenía que existir, de lo contrario no habría cuento.

A continuación del hombre

Hablar por los codos y con los dientes, decirte que sí, que te quiero, arrodillarme delante tuyo y esconder la cabeza entre tus rodillas para oír como pisas el suelo con los pies desnudos. Huir de los pasajeros, mirarte desde abajo y desearte como un nómada del desierto desea el agua, con sed.

Hombre en amor

Me encontré un día hablando de ti a toda la gente que, inasible, encontraba a mi paso: algunos me miraron con desprecio, otros sonrieron, otros comprendieron.
Me encontré en medio de la calle gritando al cielo tu nombre y el cielo se mantuvo firme en su reserva, entonces eras tan infinito que ni el espacio que había entre nosotros era suficiente para amar, ¡qué arrogante el aire cuando levanta el aire!.
Tu risa paralizaba la ola y besaba la espuma, me encontré hablando, un día me encontré hablando y tú eras un sueño.

Un cuento

Había una vez en un país lejano un hombre viejo que vivía en una cabaña. Como no le fallaba la memoria conversaba con sus animales. Se recogía al ponerse el sol. Era su vida monótona, justo lo que su vida necesitaba.
Un día, empezado el otoño, se desató una fuerte tormenta. Frente a su plato de sopa escuchaba los truenos sin inmutarse.
Fue esa noche cuando llamaron a la puerta. El agua de la lluvia sonaba fuerte en el tejado y recordó que hacía años que no hablaba con nadie. Se encogió en su silla. Volvieron a llamar. Era difícil saber quien podría ser si no iba él mismo a averiguarlo.
-¿Quién eres? -se oyó decir.
-Un soldado. Estoy perdido.
Y el viejo recordó las mentiras de los hombres. El agua de la lluvia sonó fuerte en el tejado. El de afuera gritó:
-¿Podría pasar la noche aquí?
Su voz era joven.
Y ocurrió que el viento abrió de un fuerte golpe la puerta y el soldado entró empapado en la casa.
-¿Podría pasar la noche aquí?
-¿Quién eres? -se oyó decir.
-Un soldado. He desertado y estoy perdido, mis pasos me llevaban sin rumbo, he andado dos días, la tormenta me ha detenido, quisiera dormir.
-Acuéstate en ese catre -se oyó decir.
Un pensamiento tiene la fuerza del viento. El viejo terminó su sopa se levantó y cerró la puerta. La tormenta permanecía sobre el tejado. Las ropas del joven mojaban la madera.
Cuando amaneció cantó el gallo, el sol bostezó cuando el cielo ya era un espejo azul. En la cabaña el silencio era dueño de la mañana.
Fue ese mismo día cuando volvieron a llamar a la puerta por segunda vez:
-¿Hay alguien ahí?
Nadie contestó.
El joven instintivamente se escondió debajo de la cama y arrastró sus ropas hacia sí.
-¿Hay alguien ahí?
Entonces comprendió el viejo que sus días de silencio habían pasado. Porque todo pasa, hasta la soledad.
-¿Qué ocurre? ¿Quién llama? -gritó su garganta.
-¿Es necesario que derrumbemos la puerta?
-Ya voy, ya voy.
-Estamos buscando a un hombre. Es un fugitivo, puede ser peligroso.
-Hace años que nadie se acerca a mi casa.
Mientras tanto el soldado había desaparecido. Registraron a conciencia la pobreza ante ellos pero nada encontraron.
Esperaron, prepararon café, lo bebieron, esperaron.
-Hace años que nadie se acerca a mi casa.
-Aquí no está lo que buscamos!
Y se fueron.
Aunque él sí sabía donde se encontraba, primero fue a atender a los animales, es buena la leche de cabra. Se entretuvo dando un paseo por el bosque, quizás recordando una imagen: un apuesto joven fuerte y valiente, alguien que se esfumaba entre sus canas.
-Encontraste el agujero.
-Necesito vivir, ahora más que nunca.
-No creo que vuelvan, ¿hacia dónde vas?
-Voy lejos, hacia ninguna parte.
-No podré indicarte el camino.
-Entonces me quedaré aquí, un año.
-Eso no está muy lejos.
-Tanto como la oscuridad. Puede que el sol ilumine sus campos. Los míos están inmersos en las tinieblas.
Pasaban los días. Apenas nada sabían el uno del otro. Y pasó un año.
-Mañana me marcharé, pero aún quiero que hagas algo por mí.

En el pueblo se murmuraba que el viejo de la cabaña había desaparecido pues había repartido los animales. Nadie le vio marchar pero tampoco nadie se acercó a su casa. Algunos soldados habían hecho preguntas sobre un compañero desaparecido, estuvieron unos días incordiando y se fueron. Así todo volvió a ser como antes.
Una mañana apareció una inscripción en el suelo de tierra de la plaza: “Un pensamiento tiene la fuerza del viento”.
Otra mañana, al amanecer, se oyó un ruido estruendoso en las montañas. El alcalde organizó una comitiva realmente curiosa que se encargó de investigar los hechos: éstos resultaron ser un gran agujero en el monte de roca del que manaba una hermosa fuente de agua cristalina que iba a estrellarse contra sus pies.
Al difundirse la noticia fueron muchas las personas que visitaban el manantial, algunos recogían el agua con sus manos y como era tan clara la llevaban a sus labios y ocurrió que a medida que bebían, algo en ellos se transformaba y sanaba.
En sus sueños todos tenían la misma visión: bajo la luna llena una hombre viejo y un hombre joven caminaban a lo largo de la noche. Entonces querían ver sus rostros, ansiaban conocer a los vagabundos, pero justo cuando ya les alcanzaban y ponían los dedos sudorosos sobre sus hombros, se despertaban envueltos en una dulce melancolía, felices.
No lejos de allí, pero todavía muy lejos y rendidos de tanto caminar, el viejo y el soldado sonreían al ver de nuevo la cabaña.
-Hemos vuelto, ahora ya lo sabes todo. El manantial fluirá hasta el día en que los seres humanos nos conozcamos a nosotros mismos.
-Te deseo una larga vida entonces.
Los dos hombres emprendieron caminos opuestos.
El viejo encontró una casa en las afueras del pueblo y aunque nadie le conocía entabló conversación con todo aquel que le mirara con bondad a los ojos.
El joven encontró una casa en las afueras del pueblo y aunque nadie le conocía entabló conversación con todo aquel que le mirara con bondad a los ojos.

Un cuento
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Niebla en Montserrat, Barcelona)