17. Qué pena

Qué pena, de bondad vacíos
para los otros y para nosotros,
pitidos de electricidad,
las flores se abren a la luz

y que lloremos sin tristeza
mustios dolores casi siempre,
humos ascendentes, qué pena,
a estancarse en el techo,

que no seamos nadie, nadie,
de noche resolviendo crucigramas,
qué pena, números apátridas
avergonzados de nuestra locura,
de día, un ramo de hojas secas,

que la sonrisa se congele
tantas veces babosos, dientes negros,
pieles sucias, qué pena
y qué poco nos pesa la vergüenza.

14. Sus ojos

En eso se abrían las flores,
sus ojos eran dos campos abiertos,
me aterciopelaban sedosos,
la gata ronronea,
sus ojos eran sendos fondos negros
de oscuridad acogedora,
los labios ensartados,
sus ojos eran como latigazos,
algodón caliente las hebras,
en eso me acariciaban maduros.