Eramos dos

Pero aún sin querernos eramos dos almas solitarias donde no llegaba la ternura de los gestos ni de las palabras. Eramos dos animales encerrados en una jaula de desconsuelo que abierta como estaba nunca nos permitió la salida. Eramos dos rabias, una callada, una ruidosa. Eramos dos torpezas, una rechazada, una anhelada. Eramos dos muros, uno de papel, otro de piedra. Eramos dos corazones, uno bombeando, otro latiendo. Eramos una farola y la llama de una vela. Eramos tantos en dos y la multitud se abría paso para llegar más allá de lo que eramos capaces de caminar, exhaustos y satisfechos. Eramos dos ingenuos deportistas de un juego del que desconocíamos las reglas. Y conste que lo digo porque nos queremos.

Eramos dos
Foto de Ricardo Abengoza Hernández (Álbum Naturaleza y urbanas)

En el mundo

De almas está el mundo lleno, de corazones que palpitan, de mentes solitarias que navegan a la deriva. Ese brillo en los ojos del macho no es duradero, despierta por encargo, sin remitente, a oscuras en un mar de contradicciones dentro del más puro sabor a algas y sin embargo, el capitán no fuma en pipa.

2. No creas

No creas que porque sufres ahora
a su lado eres más humano
que tu vecino merecido,
de lágrimas están
los rostros esculpidos,
de penas y alegrías,
de amores y odios incrustados
en hondas cicatrices.
Lloras, y tus compañeros de viaje,
el simple milagro de ser
y la eterna ansia de sobrevivir,
lloran sin excepción contigo.
Luna blanca, murmuras,
blancos pétalos de rosa, sin prisa:
una tregua amistosa
para nuestras almas furiosas.
Besos cálidos, cálidos abrazos
vienen a desearte buenas noches.

No creas
Autor Ana Siles Ibañez (La Mora, Tarragona)

 

Emigración

De allí de donde venimos es la lluvia, algunas veces, una gota realmente intensa hacía un agujero redondo en el paraguas, la hierba verde se saciaba y resbalaba bajo los zapatos de madera. De allí era el fin de la Tierra protegido por acantilados, más lejos, lo incierto, la nada. ¿De dónde somos hijos?. Recuerdo que íbamos a perder las costumbres, la lengua, la ciencia del misterio; todavía no teníamos sentido pero las maletas se llenaban de ropa con olor a vaca, entonces nos engendraron lejos del lecho de heno, nos parieron bajo luces ensordecedoras, pero nacimos, y tal vez, si comprendemos la necesidad que una semilla tiene del aire, de los insectos, de la tierra fértil, y así, podemos perdonar que el agua que nos alimenta no sea el agua pura y cristalina que por casualidad no bautizó nuestras frentes, enfrentados al conocimiento de un mundo abierto, así tal vez sepamos de dónde somos almas.
(A Manuel Pérez Hervella)

Emigración
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Zaguán de casa gallega, Camporredondo, Lugo)