24. Reina de espadas

La reina de espadas solloza,
sorprende su presencia ruda.
El jardín de acero estremece
y los peces anaranjados
bajo las algas esconden su brillo.

reina de espadas
Foto de Lumiago (Estanque)

Ocho de agosto

Erase una vez, en un país no muy lejano, unos años que la lluvia no quería caer, luego a las ranas le salieron alas y a los peces pies, luego los hombres tenían sed y sus cosechas se secaban sin remedio, luego el invierno sería duro.
Cuando un día, una nube se apiadó de las gentes y los animales y venciendo un esfuerzo sobrenatural empezó a manar agua como una fuente.
Eso ocurrió un día 8 de agosto y los campesinos se arrodillaron y besaron el agua de los charcos y la tierra.

19. Adorable locura

Adorable locura las gaviotas,
los mirlos cantan melodiosamente,
la cruz cansada, flores,
un jarro de agua fresca, labios secos,
tierra estéril, un jarro de agua fresca.
El tú y el yo nos llevan: vamos hombre,
no me digas que seremos felices!.

Mi Dios me guía, mi Virgen me guarda,
mis pecados se enfrían
en montañas nevadas.

Adorable locura
Foto de Guadalupe Cervilla (Montañas de Asia desde un avión)

4. Pasa la primavera

Vacío no, probablemente,
retortijón, sorpresa,
desolación, angustia,
necesidad, pereza,
tal vez monotonía,
un obstáculo absurdo,
abandonar la lucha,
pasa la primavera…
¿Cómo puedo tan a menudo
perder la tapa del bolígrafo
en este sitio tan pequeño?…
Entonces vuelvo a lo que no es hirviendo,
aunque no sé si el agua dejará
alguna mano quemada en mi piel…

Un cuento

Había una vez en un país lejano un hombre viejo que vivía en una cabaña. Como no le fallaba la memoria conversaba con sus animales. Se recogía al ponerse el sol. Era su vida monótona, justo lo que su vida necesitaba.
Un día, empezado el otoño, se desató una fuerte tormenta. Frente a su plato de sopa escuchaba los truenos sin inmutarse.
Fue esa noche cuando llamaron a la puerta. El agua de la lluvia sonaba fuerte en el tejado y recordó que hacía años que no hablaba con nadie. Se encogió en su silla. Volvieron a llamar. Era difícil saber quien podría ser si no iba él mismo a averiguarlo.
-¿Quién eres? -se oyó decir.
-Un soldado. Estoy perdido.
Y el viejo recordó las mentiras de los hombres. El agua de la lluvia sonó fuerte en el tejado. El de afuera gritó:
-¿Podría pasar la noche aquí?
Su voz era joven.
Y ocurrió que el viento abrió de un fuerte golpe la puerta y el soldado entró empapado en la casa.
-¿Podría pasar la noche aquí?
-¿Quién eres? -se oyó decir.
-Un soldado. He desertado y estoy perdido, mis pasos me llevaban sin rumbo, he andado dos días, la tormenta me ha detenido, quisiera dormir.
-Acuéstate en ese catre -se oyó decir.
Un pensamiento tiene la fuerza del viento. El viejo terminó su sopa se levantó y cerró la puerta. La tormenta permanecía sobre el tejado. Las ropas del joven mojaban la madera.
Cuando amaneció cantó el gallo, el sol bostezó cuando el cielo ya era un espejo azul. En la cabaña el silencio era dueño de la mañana.
Fue ese mismo día cuando volvieron a llamar a la puerta por segunda vez:
-¿Hay alguien ahí?
Nadie contestó.
El joven instintivamente se escondió debajo de la cama y arrastró sus ropas hacia sí.
-¿Hay alguien ahí?
Entonces comprendió el viejo que sus días de silencio habían pasado. Porque todo pasa, hasta la soledad.
-¿Qué ocurre? ¿Quién llama? -gritó su garganta.
-¿Es necesario que derrumbemos la puerta?
-Ya voy, ya voy.
-Estamos buscando a un hombre. Es un fugitivo, puede ser peligroso.
-Hace años que nadie se acerca a mi casa.
Mientras tanto el soldado había desaparecido. Registraron a conciencia la pobreza ante ellos pero nada encontraron.
Esperaron, prepararon café, lo bebieron, esperaron.
-Hace años que nadie se acerca a mi casa.
-Aquí no está lo que buscamos!
Y se fueron.
Aunque él sí sabía donde se encontraba, primero fue a atender a los animales, es buena la leche de cabra. Se entretuvo dando un paseo por el bosque, quizás recordando una imagen: un apuesto joven fuerte y valiente, alguien que se esfumaba entre sus canas.
-Encontraste el agujero.
-Necesito vivir, ahora más que nunca.
-No creo que vuelvan, ¿hacia dónde vas?
-Voy lejos, hacia ninguna parte.
-No podré indicarte el camino.
-Entonces me quedaré aquí, un año.
-Eso no está muy lejos.
-Tanto como la oscuridad. Puede que el sol ilumine sus campos. Los míos están inmersos en las tinieblas.
Pasaban los días. Apenas nada sabían el uno del otro. Y pasó un año.
-Mañana me marcharé, pero aún quiero que hagas algo por mí.

En el pueblo se murmuraba que el viejo de la cabaña había desaparecido pues había repartido los animales. Nadie le vio marchar pero tampoco nadie se acercó a su casa. Algunos soldados habían hecho preguntas sobre un compañero desaparecido, estuvieron unos días incordiando y se fueron. Así todo volvió a ser como antes.
Una mañana apareció una inscripción en el suelo de tierra de la plaza: “Un pensamiento tiene la fuerza del viento”.
Otra mañana, al amanecer, se oyó un ruido estruendoso en las montañas. El alcalde organizó una comitiva realmente curiosa que se encargó de investigar los hechos: éstos resultaron ser un gran agujero en el monte de roca del que manaba una hermosa fuente de agua cristalina que iba a estrellarse contra sus pies.
Al difundirse la noticia fueron muchas las personas que visitaban el manantial, algunos recogían el agua con sus manos y como era tan clara la llevaban a sus labios y ocurrió que a medida que bebían, algo en ellos se transformaba y sanaba.
En sus sueños todos tenían la misma visión: bajo la luna llena una hombre viejo y un hombre joven caminaban a lo largo de la noche. Entonces querían ver sus rostros, ansiaban conocer a los vagabundos, pero justo cuando ya les alcanzaban y ponían los dedos sudorosos sobre sus hombros, se despertaban envueltos en una dulce melancolía, felices.
No lejos de allí, pero todavía muy lejos y rendidos de tanto caminar, el viejo y el soldado sonreían al ver de nuevo la cabaña.
-Hemos vuelto, ahora ya lo sabes todo. El manantial fluirá hasta el día en que los seres humanos nos conozcamos a nosotros mismos.
-Te deseo una larga vida entonces.
Los dos hombres emprendieron caminos opuestos.
El viejo encontró una casa en las afueras del pueblo y aunque nadie le conocía entabló conversación con todo aquel que le mirara con bondad a los ojos.
El joven encontró una casa en las afueras del pueblo y aunque nadie le conocía entabló conversación con todo aquel que le mirara con bondad a los ojos.

Un cuento
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Niebla en Montserrat, Barcelona)

Emigración

De allí de donde venimos es la lluvia, algunas veces, una gota realmente intensa hacía un agujero redondo en el paraguas, la hierba verde se saciaba y resbalaba bajo los zapatos de madera. De allí era el fin de la Tierra protegido por acantilados, más lejos, lo incierto, la nada. ¿De dónde somos hijos?. Recuerdo que íbamos a perder las costumbres, la lengua, la ciencia del misterio; todavía no teníamos sentido pero las maletas se llenaban de ropa con olor a vaca, entonces nos engendraron lejos del lecho de heno, nos parieron bajo luces ensordecedoras, pero nacimos, y tal vez, si comprendemos la necesidad que una semilla tiene del aire, de los insectos, de la tierra fértil, y así, podemos perdonar que el agua que nos alimenta no sea el agua pura y cristalina que por casualidad no bautizó nuestras frentes, enfrentados al conocimiento de un mundo abierto, así tal vez sepamos de dónde somos almas.
(A Manuel Pérez Hervella)

Emigración
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Zaguán de casa gallega, Camporredondo, Lugo)

4. Oración

Oh Dios, no tengo fuerzas
para arrepentirme de nada,
me ofreciste una piedra
por la suerte que sólo es mía,
por unos cuantos millones de células
con los que compartir
tu incesante soplo divino,
me ofreciste tu mundo,
la pertenencia prometida,
invisibles espíritus
tomaron asiento a mi lado,
por eso cuando se estrellaba el agua
contra el suelo lloroso de la fuente,
caducaron los árboles
sus leves hojas secas.

Oración
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Niebla matutina en Montserrat, Barcelona)