15. Mis latidos

Mis latidos están contados,
no aquellos que me quedan por vivir
que ciertamente no son míos,
sino los que he vivido ya,
los latidos pasados,
por eso me alejo del ruido
y añoro lo que no seré.
Mis noches son trozos de cielo,
anónimos y sinceros retales
encerrados en un armario,
cierro los ojos al calor
y cierro mi destino,
hace frío ya, un frío ciego
arrepentido de nacer.

Anuncios

14. Sus ojos

En eso se abrían las flores,
sus ojos eran dos campos abiertos,
me aterciopelaban sedosos,
la gata ronronea,
sus ojos eran sendos fondos negros
de oscuridad acogedora,
los labios ensartados,
sus ojos eran como latigazos,
algodón caliente las hebras,
en eso me acariciaban maduros.

13. Es viscoso

Es viscoso, resbala entre las piernas,
baja por las rodillas, cosquillea,
alcanza el vello de las pantorrillas,
llega hasta los talones, se entretiene,
aísla los pies y los rodea lentamente,
se extiende sobre el suelo embaldosado
(estoy aquí clavada como un palo)
y cada vez ocupa más lugar,
roza los muebles de la habitación
y sigue su camino alrededor,
se topa con las paredes cuadradas,
avanza, la rendija de la puerta
le muestra la frontera del afuera
y hacia la calle dirige su charco,
todo lo prueba, nada le retiene,
nada, muerto de sueño, de cansancio,
él, ya lejano, sólo quiere hallar
la plenitud de amar y ser amado.

es viscoso original blog

12. Solsticio de invierno

Hacia las ocho llegó el invierno,
la cama absorbe mi cuerpo caliente,
¿desde cuándo las horas
no detienen su marcha
y no caen al suelo
las ramas plateadas?,
la luz aquí es tan brillante
y la ropa húmeda la extiendo,
ensancha un pájaro su pecho azul
en las piedras ahora gris oscuro,
la enorme excavadora
reflexiona los muros
nadie se queja, han huido
varias veces al día,
el demonio del hambre aprieta,
di que viajarás a mi sueño,
el viento frío cortaba la cara,
cerca empezaba de nuevo un minuto.

Solsticio de invierno
Autor Pedro Agudo Calleja (Atardecer en el Maresme)

 

 

11. Y vertimos lágrimas

Y vertimos saladas grietas lágrimas
entre nosotros dos y nuestra sombra,
con ellas sueña la diosa alegría
y en su desierto caen dolorosas,
como no conocer su rumbo
si nos surcan la cara,
el cuello, los recuerdos,
cómo no conocer el rumbo
de nuestro propio llanto,
de nuestro propio duelo!.

Y vertimos lágrimas
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Cascada en el oasis de Chebika, Túnez)

 

9. Descanso

El fuego en la chimenea crepita
alrededor de un sábado
que parece domingo,
sentados sin costuras, pies calientes,
ellos te consideran
un ave sin paraíso.
Es invierno, mi amigo está enfermo
y quisiera arrancar
el dolor de su cuerpo.

Te besa la medianoche
con sus gruesos labios negros,
con sus anchos brazos negros
te abraza la medianoche.

Hace calor, mi amigo está dormido,
el olor de su tierra
me devuelve la calma,
abre los ojos para respirar,
unas palabras tenues
no serán imposibles
y tomaremos un vaso de vino
antes de amar el miedo,
ese rayo atrevido.
(A Manuel Caballero Malpica)

8. Felices luces

Felices luces de colores
hermosean las calles tristes,
animales regalos altitudes
turrones para todos temporales,
no necesariamente en ese orden,
acompañan el sol de invierno,
claro que algunos tocando las nubes,
otros chapoteando el barro oscuro,
eso húmedo que empaña los cristales
cuando vemos caer la lluvia
al otro lado de la vida.

7. Ya sabes

Ya sabes, esperando en la parada
con los pies anclados al suelo,
todos esperamos lo nuestro,
todos tenemos pies de barro
y bolsillos llenos de piedras
y regalos anónimos ocultos
bajo el forro de la chaqueta.
Nos sorprendían los aviones,
un escarabajo en la acera,
los trenes en su altura, el monasterio,
aquel vómito, aquel dolor,
una serpiente amarilla, el cielo…
Nuestros recuerdos son las escapadas
abiertas en cruz al futuro.

Ya sabes
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Autobús de New York)