15. Me gusta el enanito

Me gusta el enanito
en la ventana asomado, silbando,
sonriendo entre las flores
con su risa de cascabeles.

Acostumbra a mirar mi habitación
sin cortinas de paso,
al atardecer, cuando el sol
se pone rojo grana
como su gorrito de fieltro.

Me riñe con su suave voz
de bosque siempre verde
y me doy por vencida.

Y me guiña un ojo con botas
para que le abra la ventana
y le digo: animales, osos,
juguetes, descanso, reloj,
tiovivo, rueda, armillas,
escándalo y jolgorio.

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Esta noche

A medida que nos íbamos acercando escuchaba mejor sus pisadas enérgicas, derecha, izquierda, derecha, izquierda…Cuando llegó al bordillo de la acera se sentó y se quitó los zapatos. Me quedé quieta, casi sin respirar, ahora eran mis propios zapatos los que me pedían auxilio. Después se levantó y se fue quitando toda la ropa que llevaba encima. Un escalofrío recorrió mi cuerpo entero, sudaba de inquietud. Abrió los brazos y me llamó por mi nombre. Luego me dijo:
– Esta noche tengo un lugar en el mundo. Un lugar en el mundo porque estoy aquí y alguien me escucha. Soy éste. Ésto es todo lo que tengo, un cuerpo, un cuerpo con vida.
Quería avanzar hacia él para tocarle, solo que nos separaba una calle desierta, una calle estrecha, pero desierta. Con sus manos dibujó un corazón en el aire. No estábamos solos, quizás podríamos decir que algo somnolientos.