Historias de lobos

Lo haremos extensivo a los otros simuladores, aunque no sería conveniente recordar ni una palabra de su despedida.
Decidme ahora las mismas mentiras y responderé con los mismos fregaderos.
Me temo que la luna está llena y el patio lleno de hombres lobo (oigo ruidos sospechosos desde la cama, gruñidos y pisadas de cuerpos animales voluminosos).
Me atrevo a asomarme por la ventana para ver si veo y me asomo.
En vez de oscuridad, los marmóreos rayos lunares hacen espectridad y la verdad es que hace tanto calor que ni el viento se escucha (después, ya cercana la madrugada, pude ver el viento secuestrado y escondido en el pecho del rey hombre lobo) y miro hacia delante y hacia arriba y hacia abajo: nada mortal se mueve excepto el vecino que se da la vuelta en una cama revuelta, tal vez soñando y sudando al mismo tiempo.
Sin embargo algo no es normal, un olor quisquilloso a corazón derretido, no sé, una presencia acuosa detrás de las orejas.
Ojeo la lejanía como sin querer ya que la cercanía se me escapa y allá tampoco la noche es oscura.
Como decirlo, es repentino, es inhumano, es ancestral, es involuntario, es una cuchara bien grande que agita el contenido de una olla bien grande y bien vacía.
Desde luego detrás de la vegetación habían dos ojos brillantes, rojos, redondos y dos colmillos brillantes, blancos, larguísimos y una risa equivalente a ¡vete, huye ahora que puedes!
Y no, al contrario, creí necesario bajar a competir con la bestia, sin armas, sin miedo, sin resistencia, sin intermedio.
El jardín no sospechaba aún que no somos nadie y antes de aterrizar en él me caí de frente contra el suelo del vestíbulo y en eso escuché nítidamente como se abría la puerta a su manera y en eso noté una garra de brillantes, negras, largas uñas, levantándome sin esfuerzo aparente y sin miedo.
Yo le dije a la cosa por si me entendía: es muy tarde para la ciudad, para ir andando sin rumbo recogiendo a la gente que tiene la mala pata de caerse, pero habla tú, si es posible.
Me llaman hombre lobo y no soy hombre ni lobo. Me alimento de rayos blancos de luna. Camino y observo. De día me escondo en donde no me ven ni veo. No tengo sombra ni calor ni frío. Solo ando solo siempre sin mirar atrás ni deprisa ni despacio. No pienso, no canto. Recorro los lugares donde nunca antes he estado. Y mi final no tiene final pues nunca lo ha tenido. Somos pocos. Toma una ráfaga de viento fresco, aquí guardo trazos de todos los vientos. Y nunca hablo con extraños. Ahora te empieza a crecer un poco de estremecimiento en el pecho, la llegada del nuevo despertar y algún día serás vagabundo de miserias y desconsuelos, pero falta un buen trozo de tiempo, te recogerá la brisa del mar, te llevará, ¿me entiendes?, entiéndeme porque me voy, ¡eh!, me voy.

Realidad, amanece, devuélveme los rayos de sol!

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