Un cuento

Había una vez en un país lejano un hombre viejo que vivía en una cabaña. Como no le fallaba la memoria conversaba con sus animales. Se recogía al ponerse el sol. Era su vida monótona, justo lo que su vida necesitaba.
Un día, empezado el otoño, se desató una fuerte tormenta. Frente a su plato de sopa escuchaba los truenos sin inmutarse.
Fue esa noche cuando llamaron a la puerta. El agua de la lluvia sonaba fuerte en el tejado y recordó que hacía años que no hablaba con nadie. Se encogió en su silla. Volvieron a llamar. Era difícil saber quien podría ser si no iba él mismo a averiguarlo.
-¿Quién eres? -se oyó decir.
-Un soldado. Estoy perdido.
Y el viejo recordó las mentiras de los hombres. El agua de la lluvia sonó fuerte en el tejado. El de afuera gritó:
-¿Podría pasar la noche aquí?
Su voz era joven.
Y ocurrió que el viento abrió de un fuerte golpe la puerta y el soldado entró empapado en la casa.
-¿Podría pasar la noche aquí?
-¿Quién eres? -se oyó decir.
-Un soldado. He desertado y estoy perdido, mis pasos me llevaban sin rumbo, he andado dos días, la tormenta me ha detenido, quisiera dormir.
-Acuéstate en ese catre -se oyó decir.
Un pensamiento tiene la fuerza del viento. El viejo terminó su sopa se levantó y cerró la puerta. La tormenta permanecía sobre el tejado. Las ropas del joven mojaban la madera.
Cuando amaneció cantó el gallo, el sol bostezó cuando el cielo ya era un espejo azul. En la cabaña el silencio era dueño de la mañana.
Fue ese mismo día cuando volvieron a llamar a la puerta por segunda vez:
-¿Hay alguien ahí?
Nadie contestó.
El joven instintivamente se escondió debajo de la cama y arrastró sus ropas hacia sí.
-¿Hay alguien ahí?
Entonces comprendió el viejo que sus días de silencio habían pasado. Porque todo pasa, hasta la soledad.
-¿Qué ocurre? ¿Quién llama? -gritó su garganta.
-¿Es necesario que derrumbemos la puerta?
-Ya voy, ya voy.
-Estamos buscando a un hombre. Es un fugitivo, puede ser peligroso.
-Hace años que nadie se acerca a mi casa.
Mientras tanto el soldado había desaparecido. Registraron a conciencia la pobreza ante ellos pero nada encontraron.
Esperaron, prepararon café, lo bebieron, esperaron.
-Hace años que nadie se acerca a mi casa.
-Aquí no está lo que buscamos!
Y se fueron.
Aunque él sí sabía donde se encontraba, primero fue a atender a los animales, es buena la leche de cabra. Se entretuvo dando un paseo por el bosque, quizás recordando una imagen: un apuesto joven fuerte y valiente, alguien que se esfumaba entre sus canas.
-Encontraste el agujero.
-Necesito vivir, ahora más que nunca.
-No creo que vuelvan, ¿hacia dónde vas?
-Voy lejos, hacia ninguna parte.
-No podré indicarte el camino.
-Entonces me quedaré aquí, un año.
-Eso no está muy lejos.
-Tanto como la oscuridad. Puede que el sol ilumine sus campos. Los míos están inmersos en las tinieblas.
Pasaban los días. Apenas nada sabían el uno del otro. Y pasó un año.
-Mañana me marcharé, pero aún quiero que hagas algo por mí.

En el pueblo se murmuraba que el viejo de la cabaña había desaparecido pues había repartido los animales. Nadie le vio marchar pero tampoco nadie se acercó a su casa. Algunos soldados habían hecho preguntas sobre un compañero desaparecido, estuvieron unos días incordiando y se fueron. Así todo volvió a ser como antes.
Una mañana apareció una inscripción en el suelo de tierra de la plaza: “Un pensamiento tiene la fuerza del viento”.
Otra mañana, al amanecer, se oyó un ruido estruendoso en las montañas. El alcalde organizó una comitiva realmente curiosa que se encargó de investigar los hechos: éstos resultaron ser un gran agujero en el monte de roca del que manaba una hermosa fuente de agua cristalina que iba a estrellarse contra sus pies.
Al difundirse la noticia fueron muchas las personas que visitaban el manantial, algunos recogían el agua con sus manos y como era tan clara la llevaban a sus labios y ocurrió que a medida que bebían, algo en ellos se transformaba y sanaba.
En sus sueños todos tenían la misma visión: bajo la luna llena una hombre viejo y un hombre joven caminaban a lo largo de la noche. Entonces querían ver sus rostros, ansiaban conocer a los vagabundos, pero justo cuando ya les alcanzaban y ponían los dedos sudorosos sobre sus hombros, se despertaban envueltos en una dulce melancolía, felices.
No lejos de allí, pero todavía muy lejos y rendidos de tanto caminar, el viejo y el soldado sonreían al ver de nuevo la cabaña.
-Hemos vuelto, ahora ya lo sabes todo. El manantial fluirá hasta el día en que los seres humanos nos conozcamos a nosotros mismos.
-Te deseo una larga vida entonces.
Los dos hombres emprendieron caminos opuestos.
El viejo encontró una casa en las afueras del pueblo y aunque nadie le conocía entabló conversación con todo aquel que le mirara con bondad a los ojos.
El joven encontró una casa en las afueras del pueblo y aunque nadie le conocía entabló conversación con todo aquel que le mirara con bondad a los ojos.

Un cuento
Autor Maribel Ruiz Marrondo (Niebla en Montserrat, Barcelona)
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