Felicidades. Muchas felicidades

Yo pensaba que cuando todo haya pasado, el invierno no pelaría los árboles de esa manera fantasmagórica, pero cuando todo pasó, el invierno me devolvía el misterio del arte de sus árboles desnudos y yo pensaba “que no pase nunca”.
Claro que yo es un ingenuo empedernido y prácticamente nunca piensa, sólo lo supone, así que continua apoyándose en mí: en mí esto, en mí lo otro y cuando se atreve con la soledad se desmenuza y permite el paso al invierno victorioso.
No importa que cuando creo tener un hilo bien cogido de la mano, el hilo se haga tan largo que pierdo la paciencia de llegar hasta el final para encontrarme, seguramente, con que otro hilo ha ocupado el lugar del primero e incluso es igual de largo que él.
Y en plena sumersión, el desencanto es potencialmente un milagro de ternura, un lugar en el vacío donde el fin de los cabos tiene la medida de la sinceridad.
Y todo eso sin necesidad de complicarme la vida, porque a ver, ¿donde pisar para que los pies se hundan en la altura?.
Y si los años pasan, que pasen, allá ellos, su motivo tendrán…no vaya a ser que cuando subamos a encontrarnos con Dios cara a cara las piernas no nos sostengan.
(A Soledad Calle)

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