El poeta mendigo

El silencio es mortal. Un bulto se escurre por la escalera (debe ser un muerto), tengo miedo aunque consigo llegar hasta la mirilla de la puerta e introducirme en el hueco del rellano: es un perro callejero y un hombre callejero también; se acompañan, supongo sin demasiada convicción.
Me animo a abrir y le pregunto al hombre si es dueño del perro.
Me contesta que le ayude económicamente, que es padre de tres hijos y está en paro.
Pero ¿y el perro?, insisto.
No, el perro no es suyo, el perro le persigue y como no sabe pedir quiere abandonarlo.
Es un desastre, así no hay quien dé una limosna, le digo un tanto enojada, cuando él se salta a la torera las normas de urbanidad y traspasa el umbral de mi casa.
¿Qué quiere usted, robarme?. He pensado mal, no era eso no, pero ¿porqué?, ¿dónde está la poesía?, ¿dónde?.
¡Yo soy poeta!, dice él exaltado, solo quiero que seas mi público.
¿Qué puedo hacer?
Ya están el poeta y el perro sentados en mi tresillo y creo que debo cerrar la puerta, ¿o no?, ¿y si se trata de un poeta mediocre?.
Suena el teléfono.
Mientras hablo por teléfono no dicen nada, descansan, son adorables, así que les pido que se queden a vivir conmigo.
Al perro parece que sí, que no le importaría, pero al hombre…¡ay el hombre!, no se decide, no sabe si eso sería lo mejor para él.

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