En el sanatorio

Me llamo como mi padre. Me conocí en la calle, donde es fácil esconderse detrás de las esquinas, pero no quiero extenderme en el tema de mi conocimiento.
Ahora estoy en la cama de un hospital donde no hablo con nadie y donde, por decirlo de otra manera, he perdido el interés hacia los pocos que veo y escucho. La voz de mi pensamiento eleva su tono por encima de las demás voces pero la comida es muy buena y la cocinera se merece un aplauso.
Ya hace seis meses que estoy aquí, ésto es un sanatorio para enfermos especiales. Nuestra especialidad consiste en que no hablamos nunca, o casi nunca. El lugar se llama “Halma del silencio”. Puede parecer fúnebre, solo los muertos no hablan, pero hacemos nuevos descubrimientos diariamente: durante la hora en que nos juntamos en el salón para el ejercicio estable, nos miramos sin hacer muecas, sin reír ni llorar y nos afirmamos.
Hay un olor en el ambiente que recuerda el aluminio pero nuestra enfermedad consiste verdaderamente en que no podemos oler, y nos divertimos y las diversiones son paranoias.
En el verano llegó uno nuevo al sanatorio. Le prepararon la habitación en la buhardilla para que no pudiéramos verlo, pero nosotros nos sonreímos.
Él, sin embargo, había perdido sus cinco sentidos.
La excursión a su cuarto la realizamos en el máximo secreto, bajo la unidad de una curiosidad inmensa. Resultó ser un chaval sin sensibilidad en la cabeza, ni en los pies, ni en las manos, que tenía un gran miembro viril con el que Elisa estuvo jugando hasta que se lo introdujo en la vagina.
El chico no estaba molesto con los juegos, ni sentía nada, pero un ser que no puede llorar porque no tiene lágrimas es un aliciente para nosotros que tenemos órganos pero carecemos de sociabilidad.
Y así iban pasando los monótonos días en los que esperábamos la visita al superviviente como un alivio.
En una de aquellas, solo fue una impresión la que nos hizo escuchar un sonido procedente de su garganta: “Ésta no es mi casa. Éstos no son mis amigos”.
Huimos.

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